
por: Iván Loscher
6 a.m.
Me meto en el ascensor con mi uniforme que me queda tan bonito.
6:03 a.m.
Subo hasta el piso cuatro, se monta una gorda. Pregunta si subo, digo que sí, ella dice que no; cuando se va a bajar, le cierro las puertas en sus narices. Me río secretamente.
6:05 a.m.
Llego al piso siete, un tipo con cara de enratonado gruñe, pienso que saluda, le devuelvo el gruñido.
6:07 a.m.
Subo hasta el piso ocho; niñito llorando, mamá regañan-do, mamá se excusa diciendo «¡Qué niñito, todos los lunes es igual!». Una gorda pregunta: «¿Le gusta el colegio?». La mamá dice «No, no le gustan los lunes». El enratonado ríe; todos lo vemos fijamente, y el muchacho se sonroja.
6:09 a.m.
El ascensor se detiene, piso diez. No hay nadie, se escuchan pasos apresurados bajando las escaleras y unas risitas. Maldigo a estos niñitos en voz baja. La señora gorda los Ilama maleducados, ellos no oyen, ya deben andar por el piso siete.
6:11 a.m.
Sigo subiendo.
6:12 a.m.
¡Qué extraño, sigo subiendo!
6:13 a.m.
Me detengo. ¡Por un momento temí lo peor! Entra una parejita de ancianos. Pienso: «Uno de estos dos el próximo año no matricula». Sonrío, con mi ya característica sonrisa de ascensorista que a tantos agrada; a los viejitos también, pues me la devuelven.
6:15 a.m.
Piso diecisiete. Se abre la puerta. Un niñito solito pretende entrar al ascensor. Le digo que no puede; no me hace caso; se introduce gateando y se queda sentadito en el suelo. «Debe estar perdido», dice la viejita. «Debe tener una madre descuidada», dice la gorda. «Tan temprano y tan sinvergüenza», dice el enratonado. Nos le quedamos viendo de nuevo; vuelve a sonrojarse. «Este es idiota», pienso secretamente, ¡Qué magnífico sentido de la oportunidad tiene!».
6:18 a.m.
Se abre la puerta, piso diecinueve, no hay nadie, cierro la puerta, escucho silbidos, me hago el loco y no abro la puerta, «¡Quién los manda a no estar atentos!»
6:19 a.m.
Piso veinte. Entra un señor en bata y pantuflas. Todos disimulamos viendo hacia arriba, adonde están los numeritos, como si no sucediera nada.
6:20 a.m.
Piso veintitrés. Pasamos tres pisos viendo de reojo al tipo de la bata; el niñito se entretiene jugando con una de sus pantuflas (las pantuflas del tipo; el niñito anda descalzo) el de la bata sacude un poco el pie, al niño le llama la atención más todavía. En eso andaban cuando se abre la puerta. Todos hacia atrás; entran dos gordas. «¡Una más y pararemos en el sótano, sin escala!» pienso, pero no hago comentarios.
6:21 a.m.
Piso veinticuatro. Ante nosotros aparece la visión de una descomunal gorda. «Me lo sospechaba», pienso. ¡No hay puesto! espere el otro, y cierro de inmediato. Algunos también se lo sospechaban, pues se ríen, muy quedamente; indicio de complicidad.
6:23 a.m.
Pent House. «¿Sube?» pregunta un señor alto. Me provoca decirle: «No, ahora vamos de lado. ¿Hasta dónde pensará éste que podemos subir?» Me callo esto, digo: «Baja» y pretendo ser respetuoso. Se monta el idiota e iniciamos el descenso: allá vamos.
6:25 a.m.
De nuevo en el piso veinticuatro. De nuevo la visión de la gorda descomunal. De nuevo digo «No hay puesto». De nuevo cierro la puerta y de nuevo hacia abajo.
6:27 a.m.
Piso veintidós. «¡Madre mía, qué mujerón!», pienso. También pienso «¿Por qué ésta no me tocará un día con el ascensor vacío?». «Entra mamita", pienso decirle, pero no digo nada. Ella dice «Nivel Lecuna». Pienso: «¡Con qué gusto no te brincaría encima!» pero digo «Sí, cómo no (con gusto)».
6:29 a.m.
Estoy viéndole la espalda a esta tipa del veintidós. «¡Dios nos agarre confesados!»
6:30 a.m.
Stop. Piso dieciocho. Tipo con inmenso tabaco. «Perdón, se prohíbe fumar señor». Lo tira al piso y lo aplasta con el pie ¡que lo limpie otro! y ahí lo deja, parece otra cosa.
6:32 a.m.
«Habrá apagado el tabaco allá arriba, pero todavía huele». Stop, piso diecisiete. Madre desesperada buscando niñito dice «que si no lo han visto», «que si tenía un pañalito blanco y una franelita azul. Señaló algún sitio en el suelo y ella se abre paso entre aquel bosque de piernas multicolores.
«Me faltó velocidad» pienso; «le habría pescado un picón a la tipa esa»...
El niñito sale cargado con una pantufla en la mano. Los que sabemos la proveniencia vemos al tipo de la bata, él disimula viendo los numeritos del ascensor. Cierro la puerta... La primera gorda dice «¡qué descuido!»'... La viejita «estas madres modernas», ¡quién sabe qué dirá el de la bata!
6:38 a.m.
Piso trece. Ejecutivo con maletín grande. «Usted cabe, maletín no», digo como si fuera chino y cierro rápido. Me debe estar maldiciendo. ¡Allá él! «Ese maletín era bien grande». El enratonado se ríe. Debe ser amigo del hombre del maletín.
6:41 a.m.
Frenamos en el cinco. «Sube?» «¡No, baja!» y le cierro la puerta en las narices. «A lo mejor iba para abajo, pero preguntó al revés».
6:42 a.m.
Piso uno. «¿Baja?» «Estamos full» le digo. El tipo preguntó bien, pero que no sea flojo.
6:43 a.m.
Nivel Bolívar. Un muchacho pretende entrar con un carrito del mercado full de bolsas. «¡No sea gafo! Que se las cargue al lomo por las escaleras; ¡yo también sudo!».
6:44 a.m.
Nivel Lecuna. Me pongo en puntillas para verle mejor la espalda a la tipa esa cuando se va; las gordas me tapan, el de la bata camina como renco, a los viejitos les faltó velocidad y cargo con ellos al sótano; saben lo que sucede, se acercan a la puerta para salir rápido cuando vuelva a subir al nivel Lecuna.
6:45 a.m.
Subo con los dos viejitos hasta el nivel Lecuna. «Adiós pues, que tengan buen día». Me quedo con la puerta abierta esperando por alguien o que lo llamen desde arriba. ¡Qué día!
Comentarios
Publicar un comentario