Dialéctica de lo concreto
Por Alberto Hernández
La revolución es algo que se lleva en el alma, no en la boca para vivir de ella.
Ernesto Guevara
“Hubo una vez un hombre”, escribió quien se ufanaba de ser parte de una fábula. Sin embargo, el hombre no fue, no estuvo, no “hubo”, más bien imaginó que estuvo en un lugar, que comió con abundancia, que se ahogó en el mejor de los whiskies, que alojó su pene en la más virginal de las vaginas. Que arrimó su barriga al más bello vientre burgués y salió airoso con dos viagras entre pubis y nalgas y amanecer frente al sol con el manual que su mejor amigo le trajera de las antípodas del ensueño revolucionario.
Esto lo recordaba en la oficina del Partido, mientras otros camaradas veían en televisión una vieja película soviética. Daba la vida por escribir lo que pensaba, pero no podía. Tenía miedo.
“La dialéctica es una vaina muy jodida, y más si es concreta y criolla”, dijo en voz baja y juró que Karel Kosik lo miraba por un agujerito del universo de su pequeño país. Masticaba un chicléts Adams y sorbía con verdadero placer una Coca–cola helada.
Una sonrisa espléndida se le acomodó en toda la cara.
–“Lo mejor del capitalismo son las mujeres y el vino”. Eso lo dijo Carlos Marx y no se peló –recitó con el sabor áspero del chile y la bebida. “Pura dialéctica”, y dejó caer la espalda sobre el mullido mueble de la oficina.
–“Hubo una vez un hombre”.
En eso se quedó.
Un ligero parpadeo lo hizo levantar y agitarse frente al cuadro de la ventana.
–¡Coño, los tragos y la comilona de anoche me tienen contra la pared! –pronunció mientras se llenaba los pulmones de aire. “No me sale nada”.
Buscó el reloj de pared y se tropezó con la inflamada cara del Caudillo. Hizo una mueca mientras veía la línea escrita en la pantalla de la computadora. Se puso la chaqueta.
La calle era un hervidero de mujeres con pancartas. El cielo de la ciudad caía de plano contra las consignas. Un piquete policial le ajustaba cuentas a una larga sombra que emergía de un edificio en ruinas. Una tanqueta dormía bajo un viejo samán.
El funcionario pasó frente al tumulto. Mostró el rostro más serio que pudo ensayar y siguió de largo. Una cuadra más adelante entró a “El ratón simpático” y pidió un whisky. Sorbió el trago y cerró los ojos. Entonces, “hubo una vez un hombre”.
En el ambiente se escuchaba When the saints go marchin´ in.
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