Esta película no está en Netflix

Por Reuben Morales

Todo venezolano que vive en el extranjero, llega al capítulo más impactante de la telenovela de su vida: volver a viajar a Venezuela. Una situación que es como tener sexo sin protección. Provoca, pero uno sabe que está expuesto a muchos riesgos. Inmediatamente uno revisa todas las noticias sobre Venezuela y empieza a llorar en posición fetal en el piso repitiendo: “¿Qué llevo?... ¿Cómo me visto?... ¿Me robarán?... ¿Comeré?... ¿Tomaré agua?... ¿Me verán la cara de musiú?”.

La noche antes de viajar, uno no puede dormir. No solo piensa en los riesgos asociados a viajar a Venezuela, sino que además imagina emprendimientos locos, como abrir un canal de YouTube para documentar el viaje a la nueva Chernobyl Suramericana, o llamar a Nat Geo para que manden a un camarógrafo con uno, o escribirle a Fernando del Rincón y a Bayly para tener una entrevista en exclusiva luego de este viaje a la África del Caribe… Y la otra razón por la que no puedes dormir es porque te costó muchísimo cerrar la maleta por al pocotón de comida y medicinas que todos te pidieron llevar para sus familiares.  Llegas al aeropuerto de tu nuevo país de residencia y ya en la puerta de embarque, comienzas a romper tu “Boarding Pass” en pedacitos mientras repites: “Me monto… no me monto…”. Sin embargo te montas, llevas tu vuelo con calma y ya cuando comienzas a sobrevolar La Guaira y empiezas a ver el Mar Caribe, sientes un cosquilleo por dentro que no provoca ni Mick Jagger en un concierto íntimo.

Finalmente llegas a Maiquetía… Te tratan de “¡Háblame!”… La gente sonríe sin motivo alguno… Sientes el calor de Maiquetía… Tu sim card vieja aún tiene señal y el Instagram es baratísimo… En pocas palabras: ¡estás feliz!… Todas las horas de psicólogo y antidepresivos que llevabas, se acabaron. ¡Estás en Venezuela! El capítulo más impactante de la telenovela de tu vida ahora se convierte en una película de Disney. Sueltas las maletas sobre el piso de Cruz Diez y gritas: “¡Libre soy!... ¡Libre soy!...”.

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